Sin una previa información sobre Antropología Gnóstica sería algo más que imposible el estudio riguroso de las diversas piezas antropológicas de las culturas azteca, tolteca, maya, egipcia, etc.

En cuestiones de Antropología profana –dispénsenme la similitud–, si se quiere conocer resultados, déjese en plena libertad a un mono, simio, mico o chango, dentro de un laboratorio y obsérvese el resultado.

Los códices mexicanos, papiros egipcios, ladrillos asirios, rollos del Mar Muerto, extraños pergaminos, así como ciertos templos antiquísimos, sagrados monolitos, viejos jeroglíficos, pirámides, sepulcros milenarios, etc., ofrecen en su profundidad simbólica un sentido gnóstico que definitivamente escapa a la interpretación literal y que nunca ha tenido un valor explicativo de índole exclusivamente intelectual.

El racionalismo especulativo, en vez de enriquecer al lenguaje gnóstico, lo empobrece lamentablemente ya que los relatos gnósticos, escritos o alegorizados en cualquier forma artística, se orientan siempre hacia el Ser.

Y es en este interesantísimo lenguaje semi-filosófico y semi-mitológico de la Gnosis en el que se presentan una serie de invariantes extraordinarias, símbolos con fondo esotérico trascendental que en silencio dicen mucho.

Bien saben los divinos y los humanos que el silencio es la elocuencia de la Sabiduría.

El Mito Gnóstico

Los caracteres que especifican claramente al Mito gnóstico y que mutuamente se complementan entre sí son los siguientes:

1. Divinidad Suprema.
2. Emanación y caída pleromática.
3. Demiurgo Arquitecto.
4. Pneuma en el Mundo.
5. Dualismo.
6. Salvador.
7. Retorno.

La divinidad suprema gnóstica es caracterizable como Agnostos Theos, el Espacio Abstracto Absoluto. El Dios ignorado o desconocido. La Realidad Una de la cual emanan los Elohim en la aurora de cualquier creación universal.

Recuérdese que Paranishpanna es el “Summum Bonum”, lo Absoluto, y por lo tanto, lo mismo que Paranirvâna.
Más tarde, todo cuanto al parecer existe en este Universo vendrá a tener real existencia en el estado de Paranishpanna.

Incuestionablemente, las facultades de cognición humana jamás podrían pasar más allá del Imperio Cósmico del Logos Macho-Hembra, del Demiurgo Creador, el Ejército de la Voz (el Verbo).

Jah-Hovah, el Padre-Madre secreto de cada uno de nos, es el auténtico Jehovah.

Jod, como letra hebrea, es el “membrum virile” (el Principio Masculino). Eve, Heve, Eva, lo mismo que Hebe, la Diosa griega de la juventud y la novia olímpica de Heracles, es el Yoni, el cáliz divino, el Eterno Femenino.

El divino Rabí de Galilea, en vez de rendir culto al Jehová antropomórfico de la judería, adoró a su divino Macho-Hembra (Jah-Hovah), el Padre-Madre interior.

El Bendito, crucificado en el Monte de las Calaveras, clamó con gran voz diciendo: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Ram-Io, Isis, su Divina Madre Kundalini, le acompañó en el Vía-Crucis.

La Deidad Incognoscible

Todas las naciones tienen a su primer Dios o Dioses como andróginos. No podía ser de otro modo puesto que consideraban a sus lejanos progenitores primitivos, a sus antecesores de doble sexo, como seres divinos y dioses santos, lo mismo que hacen hoy los chinos.

En efecto, la concepción artificiosa de un Jehová antropomórfico, exclusivista, independiente de su misma obra, sentado allá arriba en su trono de tiranía y despotismo, lanzando rayos y truenos contra este triste hormiguero humano, es el resultado de la ignorancia, mera idolatría intelectual.

Esta concepción errónea de la Verdad, desafortunadamente se ha apoderado tanto del filósofo occidental como del religioso afiliado a cualquier secta desprovista completamente de los elementos gnósticos.

Lo que los gnósticos de todos los tiempos han rechazado no es al Dios desconocido, Uno y siempre presente en la naturaleza, o en la naturaleza “in abscondito”, sino al Dios del dogma ortodoxo, a la espantosa deidad vengativa de la ley del talión –ojo por ojo y diente por diente–.

El Espacio Abstracto Absoluto, el Dios incognoscible, no es ni un vacío sin límites, ni una plenitud condicionada, sino ambas cosas a la vez.

El gnóstico esoterista acepta la revelación como procedente de Seres Divinos, las vidas manifestadas, pero jamás de la Vida Una no manifestable.

La Deidad incognoscible es el Espacio Abstracto Absoluto, la raíz sin raíz de todo cuanto fue, es o ha de ser.

Esta Causa infinita y eterna hallase, por descontado, desprovista de toda clase de atributos. Es luz negativa, existencia negativa, está fuera del alcance de todo pensamiento o especulación.

El Mito gnóstico de Valentín, que en forma específica nos muestra a los treinta Aeones pleromáticos surgiendo misteriosos de entre el Espacio Abstracto Absoluto por emanaciones sucesivas y ordenadas en parejas perfectas, puede y debe servir como arquetipo modelo de un Mito monista que en forma más o menos manifiesta se encuentra presente en todo sistema gnóstico definido.

Este punto trascendental de la probolé se orienta clásicamente hacia la división ternaria de lo divinal: El Agnostos Theos (el Absoluto), el Demiurgo, el Pro-Padre, etc.

El mundo divinal, el ámbito glorioso del Pleroma, surgió directamente de la Luz negativa, de la Existencia negativa.

Finalmente, el Nous, Espíritu o Pneuma, contiene en sí mismo infinitas posibilidades susceptibles de desarrollo durante la manifestación.

Entre los límites extraordinarios del Ser y del no Ser de la Filosofía se ha producido la multiplicidad o caída.

La Caída de Sophía (sabiduría)

El mito gnóstico de la caída de Sophía (la divina sabiduría) alegoriza solemnemente a este terrible trastorno en el seno del Pleroma.

El deseo, la fornicación, el querer resaltar como Ego, origina el descalabro y el desorden, produce una obra adulterada que incuestionablemente queda fuera del ámbito divinal aunque en ella quede atrapada la Esencia, el Budhatta, el material psíquico de la humana criatura.

El impulso hacia la unidad de la vida libre en su movimiento puede desviarse hacia el “yo”, y en la separación, fraguar todo un mundo de amarguras.

La caída del hombre degenerado es el fundamento de la Teología de todas las naciones antiguas.

Según Filolao, el pitagórico (siglo V antes de J.C.), los filósofos antiguos decían que el material psíquico, la Esencia, estaba enterrada entre el “yo” como en una tumba, como castigo por algún pecado.

Platón testimonia también así, que tal era la doctrina de los órficos y que él mismo la profesaba.

El deseo desmedido, el trastocamiento del régimen de la emanación, conduce al fracaso.

El querer distinguirse como Ego origina siempre el desorden y la caída de cualquier rebelión angélica.

El Autor del mundo de las formas es, pues, un grupo místico de creadores Macho-Hembras o Dioses dobles como Tlalok, el Dios de las lluvias y de los rayos, y su esposa Chalchiuhtlikue, la de la falda de jade de los panteones maya, azteca, olmeca, zapoteca, etc., etc., etc.

En la palabra Elojim (Elohim) encontramos una clave trascendental que nos invita a la reflexión.

Ciertamente, Elojim, con J, se traduce como Dios en las diversas versiones autorizadas y revisadas de la Biblia.

Es un hecho incontrovertible, no solamente desde el punto de vista esotérico sino también lingüístico, que el término Elojim es un nombre femenino con una terminación plural masculina.

La traducción correcta, “stricto sensu”, del nombre Elohim, o mejor dijéramos Elojim, pues en hebreo la H suena como J, es Diosas y Dioses.

“Y el Espíritu de los principios masculino y femenino se cernía sobre la superficie de lo informe y la creación tuvo lugar.”

Incuestionablemente, una religión sin Diosas está a mitad del completo ateísmo.

Si queremos de verdad el equilibrio perfecto de la vida anímica debemos rendir culto a Elojim (los Dioses y las Diosas de los antiguos tiempos) y no al Jehová antropomórfico rechazado por el gran Kabir Jesús.

El culto idolátrico del Jehová antropomórfico en vez de a Elojim es ciertamente un poderoso impedimento para el logro de los estados conscientivos supranormales.

Los antropólogos gnósticos, en vez de reír escépticos –como los antropólogos profanos– ante las representaciones de Diosas y Dioses de los diversos panteones azteca, maya, olmeca; tolteca, chibcha, druida, egipcio, hindú, caldeo, fenicio, mesopotámico, persa, romano, tibetano, etc., etc., etc., caemos prosternados a los pies de esas divinidades, porque en ellas reconocemos al Elojim creador del universo. “Quien ríe de lo que desconoce está en el camino de ser idiota.”

La desviación del Demiurgo Creador, la antítesis, lo fatal, es la inclinación hacia el egoísmo, el origen real de tantas amarguras.

Indubitablemente, la conciencia egóica se identifica con Jahvé, el cual, según Saturnino de Antioquía, es un Ángel caído, el genio del mal.

La Esencia, la Conciencia embotellada entre el Ego, se procesa dolorosamente en el tiempo en virtud de su propio condicionamiento.

La situación, por cierto no muy agradable, repetida incesantemente en los relatos gnósticos del Pneuma, sometido cruelmente a las potencias de la ley, al mundo y al abismo, resulta demasiado manifiesta como para insistir aquí sobre ella.

Es evidente la debilidad e impotencia desconcertante del pobre mamífero intelectual, equivocadamente llamado hombre, al querer levantarse del lodo de la tierra sin el auxilio de lo divinal.

Existe por ahí un proverbio vulgar que reza así: “A Dios rogando y con el mazo dando.”

Sólo el Rayo ígneo, imperecedero, encerrado en la substancia obscura, informe y frígida, puede reducir al “yo” psicológico a polvareda cósmica para liberar a la Conciencia, a la Esencia.

Con palabras ardientes declaramos: Sólo el Hálito divino puede reincorporarnos en la Verdad. Sin embargo, esto sólo es posible a base de trabajos conscientes y padecimientos voluntarios.

La posesión específica de la Gnosis va siempre acompañada de cierta actitud de extranjería o extrañeza ante este mundo mayávico ilusorio.

El gnóstico auténtico quiere un cambio definitivo, siente íntimamente los secretos impulsos del Ser y de aquí su angustia, rechazo y embarazo, ante los diversos elementos inhumanos que constituyen al “yo”.

Quien anhela perderse en el Ser carga la condena y el espanto ante los horrores del mí mismo.

Contemplarse como un momento de la totalidad es saberse infinito y rechazar con todas las fuerzas del Ser al egoísmo asqueante de la separatividad.

Samael Aun Weor