Conferencia dictada en el Segundo Congreso Internacional de Antropología Gnóstica. Guadalajara, República de México, 1.976

             Damas y caballeros: esta noche vamos a agotar algunos temas bastante interesantes, de palpitante actualidad. Obviamente, estamos en una época de inquietudes extraordinarias; es necesario, si se quiere, reflexionar profundamente sobre el momento actual en que vivimos.

            Tenemos una poderosa civilización moderna, se han hecho muchos avances en el terreno de la Física, de la Química, de la Medicina, de la Ingeniería, etc., etc., etc.; hemos levantado una gran civilización, poderosas naves, dirigidas hacia la Luna, han sondeado el espacio, han aterrizado en el suelo lunar, etc.; también se han enviado naves a Venus, aunque no hallan sido tripuladas; se proyectan excursiones a Marte, y se ha dicho que por el año 1.985, o algo más, Estados Unidos va a enviar un cohete atómico a Marte (tripulado): aguardaremos resultados concretos sobre el particular.

            Todo esto, en el fondo, es fascinante, extraordinario. La Televisión ha cumplido una gran misión; gracias a la Televisión, pudimos perfectamente seguir las huellas de los cohetes que descendieron en la Luna; entonces mucho se supo sobre la vida lunar, se investigó bastante. Antes se pensaba que la Luna era un pedazo de Tierra proyectado al espacio; las pruebas con el Carbono 14 fueron definitivas: se llegó a la conclusión lógica de que la Luna es anterior a la Tierra, es más antigua, y esto de por sí resulta sensacional. Entonces, todos esos sabios, que sostuvieron en el pasado la teoría de que la Luna era un pedazo de Tierra proyectado al espacio, se equivocaron lamentablemente. Repito: las pruebas con el Carbono 14, el análisis riguroso de los guijarros lunares, les indicaron que tales sabios, que en el pasada sostuvieron la tesis de que la Luna era un pedazo de Tierra, resultaron específicamente equivocados.

            Así pues, estamos en una época de grandes inquietudes científicas, y nosotros debemos, siquiera por un rato, reflexionar profundamente sobre todas estas cosas. Ustedes están aquí porque tienen inquietudes, y yo también estoy aquí por las inquietudes que tengo. Ustedes han venidos dispuestos a escucharme, y yo estoy dispuesto a platicarles; entre ustedes y yo debe haber un intercambio de ideas. Nos hemos reunido precisamente para estudiar en conjunto, muchas cosas, para analizar diversos asuntos importantes, que a ustedes y a mí nos interesan; quiero que entre todos nosotros, analicemos estos temas de palpitante actualidad.

            Obviamente, luchamos por la conquista del espacio, y esto lo estamos haciendo sinceramente. Nuestros científicos vuelan, en alas de sus proyectos, hacia un futuro en que el hombre ha de conquistar definitivamente a otros mundos; empero no debemos, en manera alguna, dejarnos fascinar por tanta fenomenología. Conviene que con carácter propio nos investiguemos a sí mismos, y evitaremos probablemente muchos desengaños.

            Se ha hablado mucho en esta época, y eso lo saben ustedes, sobre la cuestión esa de naves cósmicas provenientes de otros mundos. Hay una especie de antinomia, de antítesis muy interesante, entre cohetes disparados por “tirios” y “troyanos” a la Luna, o a Venus, y naves cósmicas provenientes de otros mundos; existe cierto escepticismo que a nada conduce. Hay, pues, inquietudes de una y otra parte: conceptos antagónicos, opiniones encontradas; todo esto vale la pena reflexionarlo.

            Cuando nosotros oímos hablar de “platillos voladores”, o ponemos atención, o sonreímos un poco escépticos, pero hay algo de realidad en todo eso; a mí no me parece, en modo alguno, que nuestro planeta Tierra sea el único planeta habitado. Cuando uno estudia la “Panspermia” de Arrhenius, descubre con asombro místico que los gérmenes de la vida provienen de otros mundos; resulta interesante Arrhenius con sus teorías. Obviamente, desde el polvo lumínico de las estrellas, nuestro mismísimo planeta Tierra es un mundo habitado, un mundo que gira alrededor del Sol, un planeta como cualquier otro del espacio infinito.

            La Ley de las Analogías Filosóficas nos invita a pensar que si nuestro mundo Tierra está habitado, deben haber en el espacio infinito otros mundos también habitados. No creería yo jamás que los gérmenes de la vida universal fuesen patrimonio exclusivo del planeta Tierra; me parece que el exclusivismo en éste sentido, resulta regresivo, reaccionario, retardatario. Los invito a pensar, que si estamos luchando por conquistar el espacio, es posible que en otros mundos exista también esa misma lucha. No descartaría jamas la idea de la posibilidad de gentes extraterrestres, habitantes de otras esferas, que ya hubiesen conquistado el espacio.

            Creer que somos los únicos en un espacio tan grandioso, compuesto por millares y millares de mundos, resulta demasiado reaccionario y exclusivista. Recuerden ustedes que en la época de Colón, muchos fueron los que se rieron de aquel sabio, de aquel gran navegante, cuando se lanzó, cómo decían en aquélla época, a través del Océano, más allá del “Cabo Finisterre”. Entonces, en la época de Colón, se creía que la Tierra era plana, cuadrada, nadie en Europa aceptaba la posibilidad de vida más allá del Cabo Finisterre, que significa “fin de la Tierra”.

            Parece que a veces nosotros pensamos con mente medieval, cuando negamos la posibilidad de vida consciente, inteligente, en otros mundos; indubitablemente pensamos con criterio anticuado, antirrevolucionario, medieval. ¡Admitamos la posibilidad de vida en otros mundos, las naves cósmicas son una realidad; gentes hay en otros mundos habitados, más cultas que nosotros, que ya conquistaron el espacio, y de eso puedo darles a ustedes testimonio fehaciente! Si me basara en meras elucubraciones intelectuales, realmente no tendría bases como para afirmar la tesis de los mundos habitados por gentes extraterrestres; si me basara únicamente en puras concepciones intelectivas de la lógica formal o dialéctica razonativa, para enfatizar la idea de la posibilidad de existencia de los extraterrestres, no pasaría de ser un teórico más; pero en verdad me consta la existencia de los extraterrestres, los conozco personalmente, en carne y hueso, y por eso no tengo inconveniencia alguna en dar testimonio. Si ustedes creen, está bien; si aceptan, maravilloso; si rechazan, es cuestión de ustedes. En todo caso, daré un testimonio.

            Un día, no importa cual, hallándome en el Distrito Federal, hube de visitar el “Desierto de los Leones”. Quería estar en paz, aunque fuese algunas horas; deseaba entregarme a la más serena de las reflexiones. De pronto me sentí atraído hacia cierto lugar del bosque; vi allí un espacio, entre una arboleda; no sé por qué se me ocurrió dirigirme personalmente al lugar indicado, lo cierto fue que hallé una enorme Nave Cósmica, sobre un trípode de acero. Obviamente, les confieso que me sentí completamente confundido, conmovido; tal hallazgo me dejó absolutamente sorprendido.

            Más ahí no paró la cuestión: una compuerta metálica se abrió, y vi a un Jefe o Capitán descender de aquella nave; tras de él venía la tripulación. Naturalmente, me dirigí al Jefe, al Capitán; le saludé y él me contestó en perfecto español el saludo… “Buenos días”, le dije. Respondió el Capitán: “Buenos días”… Entre la tripulación vi a dos damas de edad avanzada. ¿Qué edad tendrían? ¡No lo se! Incuestionablemente, ellas tendrían edades correspondientes a otros tiempos, no a nuestro tiempo terrenal. Hablé al Capitán diciendo: “Señor, me gustaría conocer el planeta Marte, mi propio germen espiritual, divinal, está relacionado con aquel mundo del espacio infinito (mi Mónada, dijéramos, hablando al estilo de Leibnitz, que tanto se ocupó sobre las Mónadas)… El Capitán a cargo de esa nave, después de unos minutos tomó la palabra y dijo: “¿A Marte, dice usted?” “Sí, me gustaría conocer el planeta Marte, y que ustedes me llevaran. Estoy dispuesto a irme con ustedes ya, inmediatamente; nada me puede retener en el planeta Tierra”. “¿Marte, ese planeta queda ahí mismo; en verdad eso está muy cerca” (me dijo). Pero al hablar así, en esa forma, comprendí que mi petición, o que mi pretensión había sido demasiado pobre. Yo creía haber pedido algo muy grande, ¿pero para qué mentir?, mi petición había sido en verdad muy pobre… Por ciertas significaciones intuitivas, me dieron a entender que aquélla nave, que me había parecido tan espléndida, prevenía de una Nave Matriz que había quedado oculta alrededor de la Tierra.

            El sistema solar nuestro, conocido con el nombre de “Sistema Solar de Ors”, no era en modo alguno desconocido para el Capitán aquél, no era sino uno de los tantos sistemas solares del inalterable infinito… Indudablemente, me hallaba frente a viajeros intergalácticos, de gentes que viajan de Galaxia en Galaxia, de individuos sabios y conscientes.

            “Soy un escritor”, le dije: “quisiera ser llevado a otros mundos habitados, con el propósito de escribir y dar testimonio fehaciente a la humanidad sobre la existencia de otros mundos habitados… Soy un hombre -le dije-, no un simple animal intelectual; la petición que hago a ustedes no es por mí, sino por la humanidad en general. Me gustaría en alguna forma cooperar con la cultura general del mundo en que vivo”… En fin, expuse muchos conceptos, pero el Capitán aquél guardaba silencio. Hasta me agarré del trípode aquél de acero, con el propósito de no desprenderme de allí hasta que se resolviera meterme entre la nave y me llevara: más todo fue inútil: guardaba silencio…

            Examiné a aquél hombre y a toda la tripulación: personajes de un color cobrizo, amplia frente, delgados de cuerpo, estatura de un metro y veinte, treinta o cuarenta centímetros nada más… La tripulación, al fin, se sentó sobre unos troncos de madera que había en el bosque. Las dama eran dos ancianas venerables, y yo no pude hacer menos que observar a tan extrañas criaturas… No pude ver en ellos la perversidad terrestre, pude notar cuidadosamente el sentido de responsabilidad humano que tenían. Hablaban poco, porque tienen un concepto muy elevado sobre la palabra; ellos no echan a volar la palabra como nosotros: hablan poco y dicen mucho; para ellos la palabra es oro, oro en polvo; sólo la usan en casos muy indispensables… No les vi cara de asesinos, como las de nosotros los terrícolas, tampoco les vi tal cariz maquiavélico con el que tanto se adornan ciertas películas; en esas extrañas criaturas solamente brillaban la sabiduría, el amor y el poder; son hombres, pero hombres de verdad, en el sentido más completo de la palabra. Ninguno de ellos quiso raptarme; al contrario, luché demasiado, rogándoles que me llevaran; estoy seguro de que si me hubiesen concedido tal petición, en modo alguno habrían hecho de mí un “conejo de laboratorio”. Otra cosa somos nosotros los terrícolas: si lográsemos atrapar a un extraterrestre, seguro que va para el laboratorio, y en cuanto a la nave, la confiscaremos, y con ella, como patrón, podremos construir muchas para bombardear ciudades indefensas, para conquistar otros mundos a la fuerza y hacer diablura y media, porque nosotros los terrícolas, empezando por mí, somos en verdad terriblemente perversos; esa es la cruda realidad de los hechos.

            En modo alguno he venido aquí a “lavarme las manos” delante de ustedes, y a decirles que “soy una mansa oveja”; no: todos nosotros estamos “cortados por la misma tijera”, y los defectos que yo tengo, los tienen ustedes, y viceversa… Así pues, les aseguro que el testimonio que doy sobre aquellas gentes, es sincero, en verdad sincero; no trato en modo alguno de deformar el testimonio, de deformar la verdad.

            Sentados, al fin aquéllos tripulantes, sobre los troncos de madera que habían en tal lugar, una de las damas se puso de pie, y en nombre de toda la tripulación habló y dijo: “Si colocamos nosotros una planta que no es aromática, junto a otra que sí lo es, la que no es aromática se impregnará con el aroma de la que sí es aromática”… Luego prosiguió: “Lo mismo sucede en los mundos habitados; mundos que en el pasado andaban mal, humanidades perversas, poco a poco se fueron transformando con el aroma, con la vibración de los mundos vecinos; más nosotros, como usted ve, acabamos de llegar aquí, a este planeta Tierra, y no vemos que sucede lo mismo. ¿Qué es lo que pasa en este planeta? Bueno, la pregunta que me hicieron fue tremenda, y yo debía dar una respuesta, pues, de alta calidad… Sin reflexionarlo mucho, pero eso sí, cuidando muy bien la palabra, dije: “Este planeta Tierra es una equivocación de los Dioses”… Más luego completé, redondeando el concepto lo mejor que pude, para decir: “Este es el Karma de los Mundos. Karma es la palabra que representa o que significa Causa y Efecto: tal causa, tal efecto. La Tierra tiene causas que la trajeron a la existencia, y si posiblemente esas causas están más o menos equivocadas, los efecto tienen que ser equivocados”… Al decir así: “Este es el Karma de los Mundos”, con gran asombro vi que la anciana que hablara, asintió inclinando su cabeza, con una venia respetuosa; no dijo nada, pero sencillamente asintió. La otra dama lo mismo: hizo una venia respetuosa, y todos los de la tripulación, en genuflexión moderada, asintieron.

            Bueno, les diré algo: pensé que me iban a jalar las orejas, pues darle una respuesta a personas que viajan de Galaxia en Galaxia, un pobre diablo como yo, era terrible, pero resultó, resultó, funcionó mi respuesta, y eso me alegró… Claro, resolví sacar el mejor partido de aquél asentimiento. Me dije: “Bien, éste es el momento”, y volví a reiterar mi petición de ser llevado a otro planeta del espacio infinito, para dar testimonio a las gentes sobre la realidad de los mundos habitados… “Soy escritor, -les dije- y no es por mi, es por la humanidad, llévenme”… De nada valieron los ruegos, el silencio era terrible. Al fin el Capitán pronunció una frase, nada más que una, porque hablan poco y dicen mucho, nunca empeñan la palabra si no la han de cumplir; no son como nosotros, que le decimos a un amigo: “mañana nos encontramos, a las nueve de la mañana, en el Café tal para que platiquemos sobre tal negocio”, y el amigo no llega, y si llega se presenta por ahí como a las diez, a las once o a las doce… Esas gentes hablan poco y dicen mucho; parecería como si esos personajes fuesen verderamente Dioses con cuerpos de hombre (me daba esa impresión al platicar con ellos)… Logré una respuesta, y luego que me la dieron, es claro que quedé satisfecho: “En el camino -dijo el Capitán- iremos viendo”… Nada más, eso fue lo que me dijo, pero que para mí fue definitivo. Si un terrícola me hubiera dicho lo mismo, sencillamente habría considerado esas palabras como una escapatoria, como una evasiva, como cuando uno solicita por ejemplo un empleo, y le dicen: “Lo tendremos en cuenta, cuando haya una vacante” (es como para salir corriendo, a quinientos kilómetros por hora); podemos estar seguros de que hemos fracasado en la solicitud… Pero estaba hablando con extraterrestres: “En el camino iremos viendo”. ¿A cual camino se refería aquél Capitán? Al camino esotérico, iniciático, a una senda que yo estoy siguiendo y que muchos están siguiendo, la senda que conduce al Superhombre: a la senda “angosta, estrecha y difícil” de la cual habla el Cristo, a ese camino misterioso que recorriera un Dante, un Hermes Trismegisto, o un Jesús de Nazaret. Yo sigo ese camino; por lo tanto, las palabras de aquél Capitán me llenaron de ánimo.

            Bueno, me dio su mano (su diestra), subió a la nave por una escalerilla, también se subieron los de la tripulación; comprendí que debía retirarme, y así lo hice; no quería en modo alguno que mi cuerpo se desintegrase instantáneamente por la fuerza de aquélla nave. Me retiré, sí; a cierta distancia pude observar, a través de los árboles, el momento en que aquella nave despegara; subió lentamente, hasta cierto punto, y luego se precipitó en el espacio infinito, sin hacer ruido alguno.

            Les aseguro a ustedes que estoy dando un testimonio sobre gentes que ya conquistaron el espacio, sobre los extraterrestres. He venido aquí a decirles a ustedes la verdad y nada más que la verdad; no he venido a darles testimonios falsos, porque con eso no ganaría yo nada, ni tampoco ustedes ganarían nada; me engañaría a mi mismo y cometería el crimen absurdo de engañar a mis semejantes. Les estoy dando a ustedes un testimonio de la verdad, de lo que me consta sobre los extraterrestres. Si ustedes creen, maravilloso, si no creen, no me importa; si se ríen, allá ustedes, en todo caso, “el que ríe de lo que desconoce”, dice Víctor Hugo en una de sus obras, “está en el camino de ser idiota”. Yo doy mi testimonio, ustedes verán.

            Hay otras gentes que ya conquistaron el espacio, que no son terrícolas, son gentes que vienen de otros mundos densamente poblados. Es urgente comprender que estas gentes que conquistaron el espacio infinito, no tienen vicios, no beben, no fuman, no fornican, no adulteran, no roban, no matan; son perfectos, en el sentido más completo de la palabra… Me digo a mí mismo y les digo a ustedes, pensando en voz alta: nosotros los terrícolas, ¿tendremos acaso tales méritos? ¿Seremos dignos de conquistar el espacio infinito? Y si lo lográramos, ¿cuál sería nuestra conducta en otros mundos habitados? ¿Estamos seguros de que no iríamos a beber allá, a tomar, a adulterar, etc.? ¿Somos tan perfectos que nos creemos capaces de conquistar el espacio infinito?

            Ahora bien, esas naves cósmicas yo entiendo que son multidimensionales; me parece que las tres dimensiones, largo, ancho y alto, no son todo; la Geometría tridimensional de Euclides ha sido muy discutida. Esta mesa, por ejemplo, tiene largura, anchura y altura, tiene tres dimensiones, más tiene que haber una Cuarta Vertical en esta mesa. ¿Cuál será? Yo digo que el Tiempo: ¿cuánto tiempo hace que fue fabricada? He allí la Cuarta Vertical.

            Indubitablemente, existe también la Quinta Coordenada; entiendo que es la Eternidad. Más allá de la quinta dimensión, tiene que existir una sexta, o sea, una que no es el tiempo, ni la eternidad, ni tampoco el mundo tridimensional; la Quinta Coordenada es la Eternidad, la cuarta el Tiempo, pero la sexta, ¿cuál será, y cuál la séptima? Esa (la sexta) está más allá de la Eternidad y del Tiempo, y en cuanto a la séptima, es la dimensión cero desconocida (Espíritu Puro, dijéramos).

            Indubitablemente, tienen que haber siete dimensiones básicas, fundamentales. Mientras exista, mientras tengamos nosotros el dogma tridimensional de Euclides, permaneceremos en estado regresivo, retardatario… Hoy por hoy, la Física moderna está retardada, es regresiva, es retardataria, anticuada, porque se basa exclusivamente en las tres dimensiones básicas fundamentales, del dogma tridimensional de Euclides.

            Las naves extraterrestres están basadas en una Geometría diferente. Yo digo que hay que crear una geometría tetradimensional; esto sería posible si investigáramos más a fondo el átomo. Obviamente, es en el átomo donde está trazada la Cuarta Vertical. El día en que podamos trazar la Cuarta Vertical en el papel, podremos también entonces crear una Geometría tetradimensional. Con una Geometría así, podríamos fabricar naves de cuatro dimensiones, naves capaces de viajar en el tiempo, ya hacia el remoto pasado, ya hacia el remoto futuro; con naves así, podríamos conquistar el espacio infinito; más nosotros todavía no podemos crear ese tipo de naves. Para viajar a Marte, nos    tardaremos dos años en un cohete atómico, según pude entender de las explicaciones de aquéllos extraterrestres que conocí en el “Desierto de los Leones”, que en menos, en cuestión de minutos, están en Marte (para ellos Marte es “ahí no más”. Como quien dice, en la tienda de la esquina). Y es que ellos meten sus naves en la Cuarta Vertical; tales naves están propulsadas por energía solar, y esto es maravilloso. Nosotros necesitamos enviar cohetes equipados con combustible liquido, nuestros astronautas tienen que hacer cincuenta mil maromas para poder bajar en la Luna; ellos no necesitan de tales maromas, para ellos la Luna está “allí no más”.

            Así pues, no veo por qué hemos de sentirnos orgullosos de nuestra tan cacareada civilización moderna. Los invito a comprender que nosotros los terrícolas, somos apenas embriones, y que nuestra tan cacareada civilización moderna, no vale realmente la pena. Los invito a ustedes a comprender, a fondo, esta cuestión de la conquista del espacio interplanetario. Hay necesidad de analizar, hay necesidad de estudiar, hay necesidad de comprender que si queremos la conquista del espacio infinito, debemos empezar por estudiarnos a sí mismos, porque las leyes del Cosmos están dentro de nosotros mismos, aquí y ahora. Si no descubrimos las leyes del Cosmos dentro de sí mismos, no las descubriremos jamás fuera de nosotros mismos; el hombre está contenido en la Naturaleza, y la Naturaleza está contenida en el hombre. Si queremos conquistar el espacio infinito, debemos empezar por conquistarnos a sí mismos, hoy por hoy nosotros somos víctimas de las circunstancias, no hemos aprendido a manejar las diversas circunstancias de la vida; aún no sabemos determinar circunstancias, somos juguetes de todas las fuerzas del Universo.

            Vivimos en un mundo convulsionado, en un mundo que va a pasar por grandes catástrofes. Ya vienen los terremotos, han venido caminando nuestra América, desde Sur a Norte. Un día es Chile, conmovido por grandes terremotos y maremotos; más tarde Caracas, siguió Colombia, se estremeció Nicaragua, siguió Honduras y se acaba de estremecer Guatemala. Es necesario saber que dentro de poco, todas nuestras ciudades de México se estremecerán con los terremotos. San Francisco, California, está llamada a desaparecer; hay una falla al pie de la Península de California que ya está estudiada, una grieta profunda que comienza a devorarse poco a poco a California; obviamente, California se hundirá en el fondo del Pacifico.

            Vivimos, pues, en un mundo que está amenazado por grandes convulsiones, que merece que nosotros reflexionemos un poco sobre el estado psicológico en que nos encontramos, sobre nuestra civilización, etc. El fondo de los Océanos Atlántico y Pacifico está lleno de profundas grietas; en el Pacifico, sobre todo, hay algunas grietas que son tan profundas, que ya ponen en contacto el fuego con el agua; el agua del Océano penetra dentro del interior de la Tierra, en aquéllas zonas donde está el fuego liquido, y se están formando presiones y vapores que aumentan de instante en instante. Estas presiones y vapores están originando los terremotos en grande escala, y se van a convencer ustedes, distinguidos caballeros y damas, de que antes de poco no habrá un solo lugar del planeta Tierra donde uno pueda estar seguro. Los terremotos y maremotos tienen que intensificarse, debido a las presiones y vapores subterráneos.

            Los hielos del Polo Norte se están derritiendo, y ya se encuentran enormes Icebergs cerca del Ecuador. En el Polo Sur se están produciendo aguas calientes, salidas de algunos cráteres; esas corrientes de agua caliente penetran hasta ciertos lugares de Guinea. Hay cambios dentro del mundo Tierra, y si las presiones y vapores continúan, un día explotará la corteza terrestre. No hay duda de que, hoy por hoy, cualquier acontecimiento cósmico, la llegada de algún mundo gigantesco, es suficiente, como para que se produzca tal explosión.

            Nosotros estamos sentados sobre un barril de pólvora, y no nos damos cuenta. La Tierra toda se está preparando para cambios geológicos formidables; la Naturaleza, está actualmente pasando por procesos difíciles, está en una gran agonía. El fuego del interior de la Tierra se halla en desasosiego, pero nosotros, sobre la epidermis de este planeta, nos creemos muy seguros, levantamos poderosos edificios, como si nunca se fueran a caer al suelo; creamos poderosas naves, como si éstas nos permitieran a nosotros huir a otros planetas en un instante dado; nos sentimos amos del Universo, y cualquier dolor de estómago es suficiente como para irnos a la cama; somos débiles, pero nos creemos invencibles.

            Me parece que debemos reflexionar sobre lo que somos, sobre lo que está sucediendo, sobre lo que pasa en este momento… En este siglo han habido dos guerras espantosas: la de 1.914 a 1.918, y la de 1.939 a 1.945, y habrá una tercera, y será atómica; entonces existirá un gran holocausto, poderosas ciudades quedarán reducidas a cenizas, millones de personas perecerán. Lo más grave de todo esto es que el abuso de la Física Atómica, nos llevará al desastre. Un día llegará en que vendrá la descomposición del átomo en cadena, y entonces los científicos no podrán controlar la energía atómica. No hay duda de que la contaminación radioactiva será espantosa; las nubes cargadas de radioactividad, por ejemplo, al descargarse sobre los cultivos, también los contaminarán. Así pues, en la tercera guerra mundial ya no habrá qué comer, porque la radioactividad habrá impregnado completamente las cosechas, y los alimentos contaminados no servirán para nuestra alimentación.

            Al paso que vamos, no debemos sentirnos muy seguros de una civilización que tambalea, y tampoco debemos estar muy seguros de nuestras teorías, de nuestros conceptos, de nuestras ideas. Merece la pena que revisemos todo lo que hemos aprendido en la escuela, en el colegio, en la universidad, en los libros escritos por distintos escritores. No trato de atacar ninguna teoría; no, únicamente estoy invitándole a ustedes a la reflexión, y nada más; ese es el objeto de esta plática.

            Hay una ley que se conoce como la Ley de la Entropía Universal. Si nosotros colocamos dos marmitas llenas de agua, una conteniendo agua caliente y otra conteniendo agua fría, y las colocamos juntas, veremos un desorden involutivo (he allí lo que es la Entropía Universal. Si las gentes no trabajan sobre sí mismas, si no procuran pasar por una especie de revolución psicológica, si no modifican sus costumbres, su manera de vivir y de ser, marcharán de acuerdo con la Ley de la Entropía, involucionarán en el tiempo, y un día no habrá diferencia entre persona y persona, todos seremos terriblemente perversos.

            En cuanto al planeta Tierra, no podemos negar que está metido dentro de la Ley de la Entropía: la atmósfera se halla completamente contaminada, los mares se han convertido en enormes basureros, muchas especies marítimas están desapareciendo, en los ríos han muerto los peces, es difícil ya encontrar un río que no esté contaminado; los frutos de la tierra han sido adulterados con tantos y tantos injertos, es difícil comerse uno una manzana legítima, ahora tiene uno que comer “peroles”… Todo esto ha alterado el orden del Universo, el orden de la Naturaleza; hay tierras que ya no producen. Actualmente, el globo tiene cuatro mil quinientos millones de personas; no alcanzarán los alimentos para sostener a tanta gente, los próximos años serán millones las personas que morirán de hambre, actualmente es mucha la gente que está pereciendo. Así pues, la Tierra toda está marchando de acuerdo con la Ley de la Entropía Universal: las tierras que antes eran cultivables, que daban frutos en abundancia para sostener a todo el mundo, ahora son estériles; los experimentos hechos con la energía atómica, y esos abonos químicos, han echado a perder la tierra, todo marcha en forma involutiva.

            La Tierra misma, en este momento, está agonizando, y lo más grave es que está agonizando y nosotros no nos damos cuenta de que está agonizando. Obviamente, si una persona está agonizando, ya sabemos lo que le aguarda; similarmente, si nuestro planeta Tierra está agonizando, debemos entender lo que le aguarda: un día quedará igualada la Tierra en todas partes, convertida en un Sahara, o en otros términos, convertida en una Luna más del espacio infinito.          Más la sabiduría del Demiurgo Creador del Universo es grande. No está demás decirles a ustedes, en forma enfática, que sólo mediante el sacrificio es posible la transformación. Si por ejemplo, no sacrificáramos el combustible de la locomotora, no habría fuerza motriz para mover el tren; similarmente diremos que mediante el gran sacrificio, es posible también la transformación del mundo.

            Sabemos demasiado que los ejes de la Tierra se están verticalizando; no está lejano el día en que los Polos se convertirán en Ecuador, no está lejano el día en que el Ecuador se convertirá en Polos. Cuando esto sea, los mares cambiarán de lecho y se tragarán al planeta entero; no hay duda de que vendrá un gran caos… Actualmente ya los hielos del Polo Norte, repito, se están derritiendo; esto origina enormes ciclones que arrasan ciudades enteras y causan estragos, como los que causó hace poco el ciclón ese terrible, que acabó con Honduras.

            Así que, los Icebergs se encuentran ahora por montones cerca de la Zona Ecuatorial. Ya no coincide el Polo Magnético con el Polo Geográfico. Si un avión saliera directamente hacia el Polo Norte en estos instantes, guiado por la brújula, y si luego descendiera exactamente sobre el Polo Magnético, hallarían los pilotos, con asombro, que allí no está el Polo Geológico: el Polo Geológico está desviado, se dirige hacia el Ecuador. De manera que el Polo Magnético y el Geológico ya no coinciden; esto hace que cambien los climas, que comiencen ciertos desórdenes en las estaciones, sobre todo en la primavera y en el verano; esto hace que los mares surjan de sus cauces, y que las poderosas civilizaciones que hemos creado nosotros se destruyan. Y lo más grave de todo es que con ella nos destruiremos nosotros también, pereceremos.

            Los antepasados de Anáhuac dijeron: “Los Hijos del Quinto Sol”, refiriéndose a nosotros, perecerán con el fuego y los terremotos”… Esto está debidamente determinado ahora con la catástrofe de Guatemala, que entre paréntesis fue muy grave, ya que no solamente tembló, sino que sigue temblando en ese desgraciado país, y los muertos están aumentando. Así pues, que la humanidad perecerá por el fuego y los terremotos, y por último será definitivamente barrida de la faz de la Tierra, al salirse de su lecho los Océanos. Así, después de éste tremendo y espantoso sacrificio, surgirán algún día, de entre el caos, continentes nuevos donde vivirá una nueva humanidad. Ya Virgilio, el gran poeta de Mantua, dijo: “Llegó la Edad de Oro, y una nueva progenie manda”… Sí, nosotros somos tan perversos que provocamos guerras atómicas, más llegará el día en que vivirá sobre la faz de la Tierra una humanidad pacifica, una humanidad llena de amor, una humanidad inocente y pura, una humanidad bella y sabia.

            De manera que el planeta Tierra ha salido desde la Conciencia de eso que se llama “Dios”, de lo inefable, hacia donde debemos regresar ahora; pero hasta ahora, hemos marchado por el camino de la perversidad, y tendremos que perecer; pero habrán “Cielos y tierras nuevas”, como dijo Pedro en su “Epístola a los Romanos”, y en ellas vivirá una humanidad nueva.

            Haciendo reconsideraciones sobre todos estos principios, es por lo que vale la pena que luchemos nosotros por una transformación radical; vale la pena fabricar dentro de nosotros un nuevo hombre. No nos conocemos a sí mismos, y necesitamos conocernos; dentro de nosotros hay maravillas que desconocemos. Alguien me decía, el otro día: “Yo sí me conozco a mí mismo, señor”. “Me alegra -le respondí- que usted se conozca a sí mismo, pero contésteme usted la siguiente pregunta: ¿cuantos átomos tiene un solo pelo de su bigote?” Al hacerle esta pregunta, guardó silencio, y por último exclamó: “¡Eso si no lo sé”. Le dije: “Si usted no conoce siquiera cuántos átomos hay en un solo pelo de su bigote, ¿cómo se atreve a decir, con gran énfasis, que se conoce a sí mismo en forma integra, unitotal?” El hombre quedó confundido.

            Dentro de nosotros hay algo más que cuerpo físico; existe una psicología que hay que estudiar. El cuerpo físico no es todo; ustedes se sienten atraídos hacia el físico, saben que tienen un cuerpo de carne y hueso porque lo pueden tocar, porque lo pueden palpar, pero difícilmente ustedes admiten que tienen una psicología, porque esto si que no lo pueden palpar físicamente. Cuando alguien admite que tiene su propia idiosincrasia psicológica, particular, individual, de hecho comienza a autoobservarse. Obviamente, cuando alguien se autoobserva, comienza a ser diferente a los demás, y tiene posibilidades de cambiar.

            Dentro de ésta humanidad, ha de ser salvado un núcleo de gentes, de gentes que cambien, de gentes que logren con anticipación un cambio psicológico. Tales gentes serán asistidas y llevadas a cierto lugar del Pacifico, y desde allí podrán contemplar el duelo del agua y del fuego durante siglos. Y al fin, cuando surjan tierras nuevas del fondo de los mares, esas gentes que hayan cambiado podrán vivir en paz, convertirse en el núcleo de una futura humanidad.

Samael Aun Weor