Desgraciadamente, el ser humano no sabe seleccionar sus impresiones: abre las puertas a todas las impresio­nes negativas.        ¿Qué dirían ustedes, por ejemplo, ahora que esta­mos aquí, en este salón, si le abriéramos la puerta a unos ladrones para que entraran? Pregunto a estos her­manos que nos acompañan aquí, en esta plática: ¿a ustedes les parecería correcto que se le abriera la puer­ta, por ejemplo al vandalaje? Obviamente cometeríamos un absurdo y ustedes lo demandarían. Sin embargo, no hacemos lo mismo con las impresiones: le abrimos las puertas a todas las impresiones negativas del mundo. Estas penetran en nuestra psiquis y hacen destrozos allá adentro, se transforman en agregados psíquicos y desarrollan en nosotros el centro emocio­nal negativo. En conclusión: nos llenan de lodo, pero se las abrimos.

            ¿Será correcto eso? ¿Será correcto que una persona que viene, por ejemplo, llena de impresiones negativas (que emanan de su centro emocional negativo), sea acogida por nosotros, que abramos las puertas a todas las emo­ciones negativas de esa persona?

            Parece que no sabemos seleccionar las impresiones y eso es muy grave. Nosotros debemos aprender a abrir y ce­rrar las puertas de nuestra psiquis a las impresiones: abrir las puertas a las impresiones nobles, limpias, ce­rrarlas a las impresiones negativas y absurdas. O sea, las impresiones negativas, causan daño, desarrollan el centro emocional negativo en nosotros, nos perjudican.

            ¿Por qué hemos de abrir las puertas a las impresiones negativas? Vean ustedes lo que uno hace estando en grupo, en multitudes. Yo les aseguro que ninguno de us­tedes, por ejemplo ahorita, se atrevería a salir a la calle a lanzar piedras contra nadie, ¿verdad? Sin embargo, en grupos quién sabe. Puede que alguien se meta dentro de una gran manifestación publica y ya esté enardecido por el entusiasmo, y si las multitudes lanzan piedras, él también resulta lanzando piedras, aunque después se di­ga a sí mismo: ¿Y por qué las lancé, por qué hice eso?

            Recuerdo una de esas manifestaciones, hace unos cuantos años, cuando los maestros de escuela se levantaron en muchas huelgas, protestas y manifestaciones. Enton­ces vimos cosas insólitas (aquí, en pleno Distrito Fede­ral, hace unos diez o quince años). ¿Qué vimos? A profesores muy decentes, muy cultos, muy dignos, que ya en multi­tud, agarraban piedras y las lanzaban con fuerza, contra vidrios, contra las gentes, contra quienes podían. Esos profesores de escuela nunca lo hubieran hecho a solas, pero en multitud, en grupos, el ser humano se comporta muy distinto, hace cosas que nunca haría a solas. ¿A qué se debe eso? Pues a las impresiones ne­gativas, a que él le abre sus puertas a las impresiones negativas, y resulta haciendo lo que nunca haría a solas. Por eso es necesario que nosotros aprendamos a se­leccionar nuestras impresiones.

            Cuando uno abre las puertas a las impresiones negati­vas, no solamente altera el Centro Emocional, que está en el corazón, sino que lo torna negativo. Si abre uno sus puertas, por ejemplo, a la emoción negativa de una persona que viene llena de ira, porque alguien le oca­sionó algún daño, entonces termina uno, pues, aliado con esa persona y en contra de aquélla que ocasionó el daño. Termina uno lleno de ira, sin siquiera tener parte tampoco en el asunto.

            Supongamos que uno le abre las puertas a las impresiones negativas de un borracho, al que encontramos durante una pachanga. Entonces termina uno aceptándole una copita al borracho, y luego dos, tres, diez. Conclu­sión: borracho también.

            Supongamos que uno le abre las puertas a las impresio­nes negativas, por ejemplo, de una persona del sexo opuesto. Termina uno también fornicando, cometiendo toda clase de delitos. Y si le abrimos las puertas a las impresiones negativas de un drogadicto, resultamos tam­bién fumando marihuana, ¡y con semilla y todo! Conclu­sión: ¡fracaso!

            Así es cómo los seres humanos se contagian unos a otros. Dentro de ambientes negativos, los borrachos con­tagian a los borrachos, los ladrones vuelven ladrones a los otros, los ladrones-homicidas contagian a otros, los drogadictos se contagian entre sí, y se multiplican los drogadictos, se multiplican los asesinos, se multiplican los ladrones, se multiplican los usureros. ¿Por qué? Porque cometemos siempre el error de abrirle las puertas a las emociones negativas, y eso no está correcto.

            ¡Seleccionemos las impresiones! Si alguien nos trae emo­ciones positivas de luz, de armonía, de belleza, de sabi­duría, de amor, de poesía, de perfección, abrámosle las puertas de nuestro corazón. Pero si alguien nos trae emo­ciones negativas de odio, de violencia, de celos, de drogas, de alcohol, de fornicación, de adulterio, ¿por qué tenemos que abrirle las puertas de nuestro corazón? ¡Cerrémosla, cerremos las puertas a las impresiones nega­tivas!

            Cuando uno reflexiona en todo esto, puede perfectamen­te modificarse, hacer de su vida algo mejor.

V.M. Samael Aun Weor